Ayer estuvimos en una casa construida por los holandeses hace más de dos siglos. Una casa enorme, en medio de ningún sitio y al lado de una charca. En esa casa comimos, con su dueña, su amiga y sus dos perros antagónicos - un caniche de unos 6 meses y un terranova enorme de 11 años. Rodeadas de atentos mosquitos que me mordirsqueaban cariñosamente a cada rato, para que no me sintiera abandonada. Luego llegó la hora del film, la película fué elegida y visionada - ¡francesa y con subtítulos! Y después de la peli el coloquio. Una experiencia interesante y bastante barata.
Esta mañana nos hemos venido al mercado local, donde granjeros desdentados de los alrededores con camisas de cuadros rasgadas por los codos y pañuelos atados a la cabeza venden sus productos. Hay también jóvenes hippies que dejaron la ciudad para cultivar la tierra y estar más en contacto con el planeta, con rastas y con barbas, guapos y con dientes.
Había también animales de granja: cabras, cerdos (que nadie se me ofenda), gallinas, llamas de esas que escupen, tortugas africanas, erizos, a los que los animales de ciudad manoseaban con curiosidad.
Incluso una niña hipnotizadora de gallinas que tenía una panza arriba en su regazo como si de un perro faldero se tratara.
Por supuesto que también había verduras, frutas, carnes, mermeladas...pero eso es lo de menos, no?
Otra experiencia curiosa que contarle a mis...gatos.